viernes, 30 de diciembre de 2016

Transfiguración –parte 1–


Esta es una serie de relatos compuesta por cuatro partes. La primera de ellas, por razones que más tarde desvelaré, voy a dejarla para el final. Así que comenzaré por la siguiente.

El segundo episodio trata sobre un chico de entre dieciséis y dieciocho años que había ido de viaje con un pequeño grupo de amigos y todo empieza justo cuando toca dejar la ciudad visitada. De camino al aeropuerto, el chico se había fijado en una joven que yacía de pie sobre la acera, demacrada, con la piel envejecida y llena de irregularidades, con los ojos infinitamente tristes. Tenía pinta de darle bastante duro a las drogas. Pero a pesar del mal aspecto, y de lo inmersa que estaba en su mundo mientras él pasaba por su lado, logró captar su atención de una forma extraña y permanecer en su recuerdo hasta que el grupo de amigos se plantó en la cola para facturar el equipaje. Entonces se horrorizó de repente al caer en la cuenta de que había perdido una de las maletas.

Como aún faltaban casi dos horas para el embarque, no se lo pensó. Salió disparado para hacer el recorrido a la inversa. Quiso pensar que era una suerte que hubieran hecho a pie todo el camino desde el hotel, pues así no tenía que desplazarse forzosamente hasta algún punto muy alejado arriesgándose con el tema de los transportes. Pero lo que pasaba en realidad era que se sentía afortunado por lo que en ese momento no supo reconocer.

A unos cinco o diez hipotéticos minutos de estar corriendo, el muchacho vio a la chica, que seguía en el mismo sitio y con la misma mirada melancólica. Esta vez, al pasar junto a ella, hizo una parada prácticamente en seco. Y se olvidó de la maleta.

–¿Qué te pasa? –Le soltó, sintiéndose un poco extraño por tan sutil acercamiento.

–Mi novio me ha dejado esta mañana. –Le respondió ella manteniendo la vista clavada en el suelo.

–Hombres… No estés triste por eso. Ya verás como no tarda en arrepentirse y en venir a reclamar tu perdón. Y si no es así, pues mucho mejor, porque ese tonto no te merece después de lo que ha hecho.

La joven levantó la vista y arrancó a llorar con fuerza. Se quedó mirando fijamente al desconocido, y continuó compartiendo su historia.

–No quiero que vuelva. Lo que quiero es recuperar lo que me ha robado.

–¿Te refieres al dinero? O a algún tipo de mercancía o de objeto que –la chica le respondió antes de que llegase a terminar la frase.

–Se ha largado con todos mis ahorros y con las posesiones de mayor valor, pero tampoco estoy llorando por eso. Es que hace ya tiempo que notaba... que no me encontraba muy bien, ¿sabes? Cada vez estaba como más exhausta. Al principio, empecé a sentirme baja de energía durante los entrenamientos y partidos de baloncesto, cosa que no me pareció por entonces excesivamente alarmante. Pero poco después, incluso el simple hecho de ir de un lado a otro... Rápidamente se fueron sumando dolencias y la verdad es que llegué a asustarme un poco. Él, cuando le comentaba todo esto –la chica hizo una pausa como si tratase de contener su llanto apretando la manga del jersey contra su nariz– siempre me decía que tomase vitaminas y no me rallase con el tema. Que no era nada serio. Pero mi aspecto físico tampoco me parecía de lo más normal. A pesar del extremo cuidado que siempre he llevado con mi cutis, día tras día me iba viendo más desmejorada. Me salían manchas, forúnculos, ojeras, moratones allí donde no me daba ningún golpe, y empecé también a perder peso de manera inexplicable. En el momento que dije de ir por fin al médico, mi novio se puso un poco violento...

Parece que, al decir esto, se produjo algún tipo de cambio en el rostro del chico, porque inmediatamente añadió:

–No es que me pegase, si es eso lo que estás pensando, sino que se puso a vociferar como si de repente le hubiese herido en aquello más sagrado. No entendí a qué venía tanto histerismo. Sin embargo, lo dejé correr, pensando que quizás tendría un mal día o que estaría arrastrando una mala racha sin yo saberlo. Pero hace una semana –unas cuantas lágrimas recorrieron presurosas sus pómulos aun con los párpados cerrados– decidí realizarme unos análisis de sangre. Y hoy, a primera hora, me han dado los resultados.

El chico creyó saber lo que vendría a continuación; por ese motivo no pudo evitar estremecerse de horror al escuchar tales palabras. Pero al mismo tiempo reparó en que la cara que tenía delante había comenzado a sufrir pequeñas transformaciones. Ahora, más que una persona deformada a causa de su adicción a las drogas, le parecía estar frente a una hermosa joven muy meticulosa en todo cuanto hace. Su cara iba luciendo más y más bonita. Y él se iba quedando más y más enganchado, a su voz, a su manera de entonar, al ritmo con que se deslizaban las palabras por su boca, a sus gestos, a su postura, a la intensidad de su mirada. A un sinfín de cosas más.  


Cuando aquella última frase taladró finalmente los oídos del muchacho, la persona que tenía enfrente se había convertido en el más precioso ser que sus ojos vieron jamás, y juró para sus adentros que, pasara lo que pasase, y cuando ocurriese, nunca se separaría de su lado. 


lunes, 20 de junio de 2016

De oca a oca y tiro porque me toca


Cuento con una sublime estrategia para vencer al enemigo, la cual está ya implementándose de manera subrepticia por medio de tácticas diversas, pero... ¡qué puñetas! Antes de alzarme con la victoria decido enviarle un último cañonazo ¡y que se joda así dos veces! Sin dejar margen alguno para reconsideraciones que puedan desembocar en un posible arrepentimiento, hago que la pesada bola salga disparada en dirección a su barco. Desde mi navío, unos cuantos tripulantes y yo nos entregamos al arte de la contemplación. Observamos muy atentamente como la esférica masa negra se aleja de nosotros y, al mismo tiempo, podemos casi notar en carnes propias el inminente impacto que están a punto de experimentar aquellos de más allá. 

Poco antes de lograr estrellarse contra babor, empero, la firme trayectoria de la bola termina deformándose en una curva que la lleva a ocultarse bajo el agua. Durante los primeros instantes de decepción aún nos queda una pizca de esperanza. Como mínimo, tal vez se produzca en el casco del barco enemigo una abolladura lo bastante significativa para llevarlo lentamente a pique. Pero cuando deducimos que eso no ocurre nos miramos unos a otros y el primer atolondrado en terminar el recorrido visual es quien sacrifica sus cuerdas vocales al grito de: “¡Tiburoneeeeees!” 

Tardo nada y menos en comprobar que dos grandes aletas se dirigen como un rayo hacia la baja plataforma donde nos encontramos. Pese a contar con tiempo de sobra para trepar por la escalerilla hasta la cubierta, siento, repentinamente, como si una alianza hubiese sido forjada entre la fuerza de la gravedad y ese par de bestias que parecen bien decididas a acabar conmigo. Los tiburones se acercan, se aproximan más y más, a la par que el final de mi existencia. Yo no puedo ir hacia arriba y ellos no parecen haberse tomado demasiado bien la intrusión del balón de hierro en su hogar, disponiéndose a realizar su típica jugada para dejarme en algo más que en jaque. El resto de mis camaradas han conseguido salvarse sin mirar atrás.

Al final, de manera ilógica e inexplicable en el último momento mi suerte cambia, bastándome un pequeño salto para abandonar la plataforma y aterrizar sobre otra superficie situada al mismo nivel. Este otro suelo es también de madera; de hecho, parece una copia exacta del anterior, aunque al alzar la mirada me percato de que ya no me encuentro en un barco, sino en el interior un tren que marcha a toda velocidad. Supongo que el destino será algún punto extremadamente lejano; de lo contrario, no me explico el porqué de tanta prisa. 

Empiezo a sentirme mareada poco después de la mudanza de escenario y las pálidas caras de los que me rodean corroboran que no es que me haya sentado mal el desayuno. Tampoco es consecuencia del inesperado teletransporte. El vertiginoso deslizamiento de los vagones sobre las vías se hace todavía más notorio cuando éstos comienzan a tambalearse de lado a lado mientras los techos se van llenando de grietas. Todos los pasajeros, asustados, acojonados, tratamos de aferrarnos a cualquier cosa que sobresalga mínimamente de las paredes a fin de evitar caídas y colisiones, aunque, al tratarse de un tren de mercancías, por desgracia los vagones cuentan con escasos asideros.   

Las vibraciones del tren no cesan, ni disminuyen, ni se mantienen. Las preocupaciones y miedos también crecen de forma inexorable. A través de las brechas del techo ya es posible divisar una  –más que considerable– parte del cielo grisáceo, así como también pueden sentirse las primeras gotas de lluvia sobre nuestras pieles sin abrigar. Primero fue la incertidumbre, luego el pánico y ahora se suma el frío. Me huelo que, tras el descarrilamiento que seguro va a producirse, lo siguiente en asediarme, junto al dolor, va a ser la necesidad de alimento. Sí, no comprendo muy bien cómo puedo pensar en comida en un momento así. Pero, entretanto, de un segundo a otro me doy cuenta de que el escenario ha vuelto a transformarse. 

Ahora me encuentro caminando a lo largo de lo que parece ser una nave industrial dedicada a la fabricación de textiles. ¡Por fin han cesado los movimientos turbulentos! Y además, ¡montañas y montañas de blancas mantas me rodean! Aquellas que se han mojado por la lluvia son extendidas sobre una ancha pila para que se sequen, y después, algunos de los que estamos allí nos sentamos sobre otros montoncitos de mantas más pequeños. Si hoy no fuese un día festivo, la maquinaria se encontraría en funcionamiento y los operarios seguramente nos echasen de allí por estorbarles. En tal caso, ¿qué dirección debería tomar, sin ningún edificio o rastro de civilización a la vista que pueda guiar mi elección?