Esta es una serie de
relatos compuesta por cuatro partes. La primera de ellas, por razones que más
tarde desvelaré, voy a dejarla para el final. Así que comenzaré por la
siguiente.
El segundo episodio trata sobre
un chico de entre dieciséis y dieciocho años que había ido de viaje con un
pequeño grupo de amigos y todo empieza justo cuando toca dejar la ciudad
visitada. De camino al aeropuerto, el chico se había fijado en una joven que
yacía de pie sobre la acera, demacrada, con la piel envejecida y llena de
irregularidades, con los ojos infinitamente tristes. Tenía pinta de darle
bastante duro a las drogas. Pero a pesar del mal aspecto, y de lo inmersa que
estaba en su mundo mientras él pasaba por su lado, logró captar su atención de una
forma extraña y permanecer en su recuerdo hasta que el grupo de amigos se
plantó en la cola para facturar el equipaje. Entonces se horrorizó de repente
al caer en la cuenta de que había perdido una de las maletas.
Como aún faltaban casi dos
horas para el embarque, no se lo pensó. Salió disparado para hacer el recorrido
a la inversa. Quiso pensar que era una suerte que hubieran hecho a pie todo el
camino desde el hotel, pues así no tenía que desplazarse forzosamente hasta
algún punto muy alejado arriesgándose con el tema de los transportes. Pero
lo que pasaba en realidad era que se sentía afortunado por lo que en ese momento no supo
reconocer.
A unos cinco o diez
hipotéticos minutos de estar corriendo, el muchacho vio a la chica, que seguía
en el mismo sitio y con la misma mirada melancólica. Esta vez, al pasar junto a
ella, hizo una parada prácticamente en seco. Y se olvidó de la maleta.
–¿Qué te pasa? –Le soltó,
sintiéndose un poco extraño por tan sutil acercamiento.
–Mi novio me ha dejado
esta mañana. –Le respondió ella manteniendo la vista clavada en el suelo.
–Hombres… No estés triste
por eso. Ya verás como no tarda en arrepentirse y en venir a reclamar tu perdón.
Y si no es así, pues mucho mejor, porque ese tonto no te merece después de lo
que ha hecho.
La joven levantó la vista y arrancó a llorar con fuerza. Se quedó mirando fijamente al desconocido, y continuó compartiendo su historia.
–No quiero que vuelva. Lo
que quiero es recuperar lo que me ha robado.
–¿Te refieres al dinero? O
a algún tipo de mercancía o de objeto que –la chica le respondió antes de que llegase a
terminar la frase.
–Se ha largado con todos
mis ahorros y con las posesiones de mayor valor, pero tampoco estoy llorando por eso. Es que hace ya tiempo que notaba... que no
me encontraba muy bien, ¿sabes? Cada vez estaba como más exhausta. Al principio, empecé a sentirme baja de energía durante los entrenamientos y partidos de baloncesto, cosa que no me pareció por entonces excesivamente alarmante. Pero poco después, incluso el simple hecho de ir de un lado a otro... Rápidamente se fueron sumando dolencias y la verdad es que llegué a asustarme un poco. Él, cuando le comentaba todo esto –la chica hizo una pausa como si tratase
de contener su llanto apretando la manga del jersey contra su nariz– siempre me
decía que tomase vitaminas y no me rallase con el tema. Que no era nada serio. Pero mi aspecto físico tampoco me parecía de lo más normal.
A pesar del extremo cuidado que siempre he llevado con mi cutis, día tras día
me iba viendo más desmejorada. Me salían manchas, forúnculos, ojeras, moratones allí donde
no me daba ningún golpe, y empecé también a perder peso de manera inexplicable.
En el momento que dije de ir por fin al médico, mi novio se puso un poco
violento...
Parece que, al decir esto,
se produjo algún tipo de cambio en el rostro del chico, porque inmediatamente añadió:
–No es que me pegase, si es eso lo que estás pensando, sino
que se puso a vociferar como si de repente le hubiese herido en aquello más
sagrado. No entendí a qué venía tanto histerismo. Sin embargo, lo dejé correr,
pensando que quizás tendría un mal día o que estaría arrastrando una mala
racha sin yo saberlo. Pero hace una semana –unas cuantas lágrimas recorrieron presurosas sus pómulos aun con los párpados cerrados– decidí realizarme unos análisis de
sangre. Y hoy, a primera hora, me han dado los resultados.
El chico creyó saber lo que vendría a continuación; por ese motivo no pudo evitar estremecerse de horror al escuchar tales palabras. Pero al mismo tiempo reparó en que la cara que tenía
delante había comenzado a sufrir pequeñas transformaciones. Ahora, más que una
persona deformada a causa de su adicción a las drogas, le parecía estar frente
a una hermosa joven muy meticulosa en todo cuanto hace. Su cara iba luciendo
más y más bonita. Y él se iba quedando más y más enganchado, a su voz, a su
manera de entonar, al ritmo con que se deslizaban las palabras por su boca, a
sus gestos, a su postura, a la intensidad de su mirada. A un sinfín de cosas
más.
Cuando aquella última
frase taladró finalmente los oídos del muchacho, la persona que tenía enfrente se había convertido en el
más precioso ser que sus ojos vieron jamás, y juró para sus adentros que,
pasara lo que pasase, y cuando ocurriese, nunca se separaría de su lado.