lunes, 20 de junio de 2016

De oca a oca y tiro porque me toca


Cuento con una sublime estrategia para vencer al enemigo, la cual está ya implementándose de manera subrepticia por medio de tácticas diversas, pero... ¡qué puñetas! Antes de alzarme con la victoria decido enviarle un último cañonazo ¡y que se joda así dos veces! Sin dejar margen alguno para reconsideraciones que puedan desembocar en un posible arrepentimiento, hago que la pesada bola salga disparada en dirección a su barco. Desde mi navío, unos cuantos tripulantes y yo nos entregamos al arte de la contemplación. Observamos muy atentamente como la esférica masa negra se aleja de nosotros y, al mismo tiempo, podemos casi notar en carnes propias el inminente impacto que están a punto de experimentar aquellos de más allá. 

Poco antes de lograr estrellarse contra babor, empero, la firme trayectoria de la bola termina deformándose en una curva que la lleva a ocultarse bajo el agua. Durante los primeros instantes de decepción aún nos queda una pizca de esperanza. Como mínimo, tal vez se produzca en el casco del barco enemigo una abolladura lo bastante significativa para llevarlo lentamente a pique. Pero cuando deducimos que eso no ocurre nos miramos unos a otros y el primer atolondrado en terminar el recorrido visual es quien sacrifica sus cuerdas vocales al grito de: “¡Tiburoneeeeees!” 

Tardo nada y menos en comprobar que dos grandes aletas se dirigen como un rayo hacia la baja plataforma donde nos encontramos. Pese a contar con tiempo de sobra para trepar por la escalerilla hasta la cubierta, siento, repentinamente, como si una alianza hubiese sido forjada entre la fuerza de la gravedad y ese par de bestias que parecen bien decididas a acabar conmigo. Los tiburones se acercan, se aproximan más y más, a la par que el final de mi existencia. Yo no puedo ir hacia arriba y ellos no parecen haberse tomado demasiado bien la intrusión del balón de hierro en su hogar, disponiéndose a realizar su típica jugada para dejarme en algo más que en jaque. El resto de mis camaradas han conseguido salvarse sin mirar atrás.

Al final, de manera ilógica e inexplicable en el último momento mi suerte cambia, bastándome un pequeño salto para abandonar la plataforma y aterrizar sobre otra superficie situada al mismo nivel. Este otro suelo es también de madera; de hecho, parece una copia exacta del anterior, aunque al alzar la mirada me percato de que ya no me encuentro en un barco, sino en el interior un tren que marcha a toda velocidad. Supongo que el destino será algún punto extremadamente lejano; de lo contrario, no me explico el porqué de tanta prisa. 

Empiezo a sentirme mareada poco después de la mudanza de escenario y las pálidas caras de los que me rodean corroboran que no es que me haya sentado mal el desayuno. Tampoco es consecuencia del inesperado teletransporte. El vertiginoso deslizamiento de los vagones sobre las vías se hace todavía más notorio cuando éstos comienzan a tambalearse de lado a lado mientras los techos se van llenando de grietas. Todos los pasajeros, asustados, acojonados, tratamos de aferrarnos a cualquier cosa que sobresalga mínimamente de las paredes a fin de evitar caídas y colisiones, aunque, al tratarse de un tren de mercancías, por desgracia los vagones cuentan con escasos asideros.   

Las vibraciones del tren no cesan, ni disminuyen, ni se mantienen. Las preocupaciones y miedos también crecen de forma inexorable. A través de las brechas del techo ya es posible divisar una  –más que considerable– parte del cielo grisáceo, así como también pueden sentirse las primeras gotas de lluvia sobre nuestras pieles sin abrigar. Primero fue la incertidumbre, luego el pánico y ahora se suma el frío. Me huelo que, tras el descarrilamiento que seguro va a producirse, lo siguiente en asediarme, junto al dolor, va a ser la necesidad de alimento. Sí, no comprendo muy bien cómo puedo pensar en comida en un momento así. Pero, entretanto, de un segundo a otro me doy cuenta de que el escenario ha vuelto a transformarse. 

Ahora me encuentro caminando a lo largo de lo que parece ser una nave industrial dedicada a la fabricación de textiles. ¡Por fin han cesado los movimientos turbulentos! Y además, ¡montañas y montañas de blancas mantas me rodean! Aquellas que se han mojado por la lluvia son extendidas sobre una ancha pila para que se sequen, y después, algunos de los que estamos allí nos sentamos sobre otros montoncitos de mantas más pequeños. Si hoy no fuese un día festivo, la maquinaria se encontraría en funcionamiento y los operarios seguramente nos echasen de allí por estorbarles. En tal caso, ¿qué dirección debería tomar, sin ningún edificio o rastro de civilización a la vista que pueda guiar mi elección? 


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