Cuento
con una sublime estrategia para vencer al enemigo, la cual está ya implementándose
de manera subrepticia por medio de tácticas diversas, pero... ¡qué puñetas!
Antes de alzarme con la victoria decido enviarle un último cañonazo ¡y que se
joda así dos veces! Sin dejar margen alguno para reconsideraciones que puedan
desembocar en un posible arrepentimiento, hago que la pesada bola salga
disparada en dirección a su barco. Desde mi navío, unos cuantos tripulantes y
yo nos entregamos al arte de la contemplación. Observamos muy atentamente
como la esférica masa negra se aleja de nosotros y, al mismo tiempo, podemos
casi notar en carnes propias el inminente impacto que están a punto de
experimentar aquellos de más allá.
Poco
antes de lograr estrellarse contra babor, empero, la firme trayectoria de la
bola termina deformándose en una curva que la lleva a ocultarse bajo el agua.
Durante los primeros instantes de decepción aún nos queda una pizca de
esperanza. Como mínimo, tal vez se produzca en el casco del barco enemigo una
abolladura lo bastante significativa para llevarlo lentamente a pique. Pero
cuando deducimos que eso no ocurre nos miramos unos a otros y el primer
atolondrado en terminar el recorrido visual es quien sacrifica sus cuerdas
vocales al grito de: “¡Tiburoneeeeees!”
Tardo
nada y menos en comprobar que dos grandes aletas se dirigen como un rayo hacia
la baja plataforma donde nos encontramos. Pese a contar con tiempo de sobra
para trepar por la escalerilla hasta la cubierta, siento, repentinamente, como
si una alianza hubiese sido forjada entre la fuerza de la gravedad y ese par de
bestias que parecen bien decididas a acabar conmigo. Los tiburones se acercan,
se aproximan más y más, a la par que el final de mi existencia. Yo no puedo ir
hacia arriba y ellos no parecen haberse tomado demasiado bien la intrusión del
balón de hierro en su hogar, disponiéndose a realizar su típica jugada para
dejarme en algo más que en jaque. El resto de mis camaradas han conseguido
salvarse sin mirar atrás.
Al
final, de manera ilógica e inexplicable en el último momento mi suerte cambia,
bastándome un pequeño salto para abandonar la plataforma y aterrizar
sobre otra superficie situada al mismo nivel. Este otro suelo es también de
madera; de hecho, parece una copia exacta del anterior, aunque al alzar la
mirada me percato de que ya no me encuentro en un barco, sino en el interior un
tren que marcha a toda velocidad. Supongo que el destino será algún punto
extremadamente lejano; de lo contrario, no me explico el porqué de tanta prisa.
Empiezo
a sentirme mareada poco después de la mudanza de escenario y las pálidas caras
de los que me rodean corroboran que no es que me haya sentado mal el desayuno. Tampoco es consecuencia del inesperado teletransporte. El vertiginoso
deslizamiento de los vagones sobre las vías se hace todavía más notorio cuando
éstos comienzan a tambalearse de lado a lado mientras los techos se van
llenando de grietas. Todos los pasajeros, asustados, acojonados, tratamos de
aferrarnos a cualquier cosa que sobresalga mínimamente de las paredes a fin de
evitar caídas y colisiones, aunque, al tratarse de un tren de mercancías, por desgracia los vagones cuentan con escasos asideros.
Las
vibraciones del tren no cesan, ni disminuyen, ni se mantienen. Las
preocupaciones y miedos también crecen de forma inexorable. A través de las
brechas del techo ya es posible divisar una –más que considerable– parte
del cielo grisáceo, así como también pueden sentirse las primeras gotas de lluvia
sobre nuestras pieles sin abrigar. Primero fue la incertidumbre, luego el
pánico y ahora se suma el frío. Me huelo que, tras el descarrilamiento que
seguro va a producirse, lo siguiente en asediarme, junto al dolor, va a ser la
necesidad de alimento. Sí, no comprendo muy bien cómo puedo pensar en comida en
un momento así. Pero, entretanto, de un segundo a otro me doy
cuenta de que el escenario ha vuelto a transformarse.
Ahora
me encuentro caminando a lo largo de lo que parece ser una nave industrial
dedicada a la fabricación de textiles. ¡Por fin han cesado los movimientos
turbulentos! Y además, ¡montañas y montañas de blancas mantas me rodean!
Aquellas que se han mojado por la lluvia son extendidas sobre una ancha pila
para que se sequen, y después, algunos de los que estamos allí nos sentamos
sobre otros montoncitos de mantas más pequeños. Si hoy no fuese un día festivo,
la maquinaria se encontraría en funcionamiento y los operarios seguramente nos
echasen de allí por estorbarles. En tal caso, ¿qué dirección debería tomar, sin
ningún edificio o rastro de civilización a la vista que pueda guiar mi
elección?
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